Aprendé a soñar.
Federico, el sueño te atrapa, no lo niegues,
y detrás del espejo se ríe la certeza de la amada que no vuelve.
Me duele el músculo que sostiene a la vida.
El dolor perdido en la fuente de mi carne, de mi piedra.
Ahora, como a un poema, nombremos a las cosas por su nombre: Es mucha la muerte y tan única la vida.
Demasiada muerte que invade a mis huecos contra su voluntad.
Detrás de mi procesado lenguaje, de mi condena al no, de la lluvia de mis ojos, del cuerpo desnudo, de las palabras severas que aguardan su turno para perforarme el tímpano: detrás de las puertas y las ventanas y la pared, están mis palabras...
Es imposible saber cuántas palabras son exáctamente mías, y es tan simple saber que a pocas amé, y no me amaron.
Está en el fondo de los ojos. Y aquella persona que se anime y se asome no podrá ignorar mi mirada tan sola, carente de tus noches...
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