Empecemos por decir que la oscuridad ya se ha muerto, desapareció tras su propia oscuridad. No estoy apenado por este suceso y en el día del entierro, la enterraré yo mismo solemne de mi sonrisa.
Para defender este permanente nacimiento hacia la luz pienso no es verdad que no vendrás. Mientras ordeno lo de aquí y previamente a tu partida hacia un país más hospitalario, yo te dije: te conviene de mí, y en silencio te dije: me conviene de vos, el compás de los cuerpos que crean más luz dentro de la luz. Nos conviene decirnos las palabras que dicen lo que dicen, y dicen más, y otra cosa.
Y está bien también todo el tiempo que quieras estar sola en tu soledad verdadera. Sola de mi nombre, de mi cuerpo, de mis trabalenguas descriptivos que aluden a mi ego o al tuyo. Pero tenía que decirlo, porque pierdo la razón si callo.
Y si un día, en el recreo de tu soledad verdadera, yo regreso a tu memoria, insisto con mi abrazo.
Te debo: El sonido de tus labios, que me domina como propia palabra y me vuelve, como lluvia. Y por favor que me hables siempre.
La soledad es una elección, en soledad siempre hay un espejo que refleja nuestra dolorosa transparencia.
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