Bajamos juntos del tren, estación Once, olor de carne rancia estrujándonos la boca. Yo te hablaba, te hablaba por dentro, de adentro y a solas. Salimos por Mitre, ocho cuadras con el viento entre las piernas. Su vestido se inventó una bandera sobre las rodillas, caminamos juntos, y yo a solas. Por un pliegue de la boca se escapaba una música incierta, cómo se canta un blues?.
Yo te hablaba desde el silencio. En una esquina un taxista me dejó cruzar... perdón, nos dejó. Era como si dentro del bolso llevara mezclada con la ropa tu presencia. Quizá porque la alfombra del Lorca tiene un perfume de tu cara seria ordenando los papeles de la oficina, con los lentes y la de atrás de los lentes, el día que dijiste que ibas a escribir poemas... Todo como un ovillo tierno que no es nada.
Los guiones escritos con dos dedos sobre un cuaderno gastado de tantas letras: Tu pretexto, mi juego?. Me habían dicho que llamaste. El teléfono. El más funcional de los impersonales.
Sigo mis pasos, los abandono y no queda ni una pisada, ni una huella para que mi sombra siga sin buscarme. En la esquina de Corrientes y Montevideo me sonreí... Afuera la vida siguió sábado, pero nosotros sabemos que no. Afuera todo el mundo tenía la manía de actuar, nosotros apagamos las cámaras.
Sabes? Ahora estoy inventando una nueva manera de escribir que parece que tocara el piano. Adoro a la señora que esculpió el bar de la esquina. Adoro el brillo de tus ojos. Creí que me había curado del fuego.
Creí que me había curado del fuego de la costumbre de esta soledad. Pero volví...
Febrero del 2004Tags: Un recuerdo