Había construído su espejo con el que conversaba tantas horas. Le gustaba trabajar desnudo, en sus aposentos, cubierto del roce casual de sus sábanas. A veces la desnudez se tornaba una condena indolora, como una posibilidad no real, en una especie de tiempo animal realzado por la ausencia de tu deseo. Una criatura desposeída hasta por su propia muerte, el orgasmo es como una muerte (la pequeña muerte, dicen los franceses). Resuellos y fatigas de agonía, jadeos y quejidos en la efervescencia del placer. Morimos de la muerte figurada, de la satisfacción del sexo. El Rey no quería sexo, enrojecido de fuego, solamente en sus crisis eróticas accedía a las mujeres de sangre violenta, como una tortura hermosa; maldito éxtasis provocado por el desfallecimiento. En estos casos nadie es inocente, nadie es culpable. El no sentía miedo, no temblaba nunca con los ojos abiertos. Ninguna ternura, ni sensiblería, ni fascinación por sus amantes. Sólo quedar en un suspenso absoluto por aquella idea, aquel desgarramiento, de verme mutilado de tu abrazo...
Las puertas y las ventanas de su prisión secreta, la de su cabeza, estaban totalmente clausuradas a los tristes rumores que los hombres, de lenguas resistentes, forradas con espadas y emperifolladas con peligrosas puntas de metal, hacían galopar, risas mediante. Será que el despliegue de estas ceremonias, las de clavarle filosos puñales, mientras el Rey lánguido y silencioso se sentaba a esperar... será que el despliegue de estas ceremonias, te producía esa metamorfosis cretina, y te volviste impunemente cruel, amada Marquesa...
El Rey vivía de la música, triste, arrebatadora, y de los poemas... y su cuerpo que parecía muerto llevaba una mirada viviente. La misma que le devolvía el frío espejo donde habitaba. Y todas las noches se tornaron noches de crímenes... de la feroz sed que naturalmente lo invadía cuando te pensaba. La sed de la tristeza. A veces los cuadros alegres y vivos de la sonrisa de su niña y de los abrazos de sus amigos, podían borrar momentaneamente aquel túnel carente de ecos.
Luego los laberintos, la inmovilidad, el silencio. Él había exigido que lo mates, que lo salves de la melancolía, de este luto salvaje como una droga desmesuradamente poderosa. Pidió inocente, pidió ebrio de delirio, pidió al ritmo facineroso del mundo... fuiste incapaz de matarlo para satisfacer tus propios placeres. Y dejaste que siga sufriendo por la misma inercia del sufrimiento. Mejor aún que la muerte, es la tortura de no poseer nada.
El Rey está aún vivo, en su trono, y la única belleza que atraviesa es el misterio que sólo saben leer las hechiceras que palpan sus suntuosos cabellos negros... Él está, acorralado por su propio destino...
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