Veo el sol reflejado en mi mañana.
El viento empuja el gesto de cada hoja.
Aquí no existen juegos de lenguaje,
ni trucos sintácticos,
ni malabarismos con palabras.
Aquí es el código de la vida.
Un código que desplaza hacia afuera
a mi desértica alma,
perdida en su propio laberinto.
Un minuto de esta vida efímera,
por un minuto de ver,
me desnudo en el paraíso
y escucho en silencio a los pájaros
que curvan mi cráneo,
en un silbido
que adormece mi memoria.
Y desconozco entonces mi feroz destino...
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