En este mundo vivimos con una mano en la garganta.
Que nada es posible lo sabemos desde que existen las tormentas y el tormento del ausente.
Si me alejo de los encuentros casuales, vuelvo al silencio de mis cosas.
Soy la primer persona en reconocer que no existe el azar, a pesar, precisamente que espero que la deriva me conduzca a puerto seguro. Una serie de sucesos infinitos justifican con precisión cualquier encuentro. Es razonable que en los espejos se responda cualquier pregunta del alma.
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