Pasé algo de la madrugada bordeando su piel con mis dedos. Pensé que podría contar sus lunares como se cuentan las ovejas para caer en la cuenta del sueño. Pero yo no quería enumerarlas, sinó aprenderlas. Sabía que no sentía mi mirada, que se desplazaba como el agua, tomando la forma de cada forma que le enseñaba mi mano. Ella estaba dormida, y yo con los cinco sentidos y hasta el alma descansándome en su cuerpo. No sé si estaba a su lado o más aún estaba yo en su espalda misma. Los zorzales lanzaban poesías a la lluvia, y persiguiendo esa música, rondaba la brisa mojada por la habitación.
Algún momento antes sonaban Davis y Coltrane, bajé el volumen, y en respuesta a este movimiento, dijo ella: "sí, sacá esa musiquita que me está volviendo loca". Sonriéndome, optamos por el silencio. Yo le dije luego que su idea había sido perfecta, pues no imaginaba salir de su espalda hasta que yo mismo no cayese a la cama dormido. Claro que ella no escuchó estas palabras, pero creí que los pájaros sí las usaron para improvisar sus versos.
Cuando desperté no supe en qué instante había quitado sus lunares de mi piel, y cambió de lugar entre mis brazos. Las cortinas aún bailaban con su música mojada, y "vení que te estás salpicando", o algo así, abrazándose más hacia mi pecho, me dijo.
Cerré la ventana, cerramos la noche, y cuando se fué, cerramos un encuentro y una lluvia más, tal vez, hasta nuevo anuncio meteorológico...