- La ví circular con gracia, hermosa, destilando el viento con su mirada, dejando una estela de lujuria y amor.
Se expandía casi seca en mi boca la sangre.
El sudor por mi garganta occisa corría como gelatina.
Me encontré pesado, lleno de panteones, de alferecía; sentí como la mohína multiplicaba por mi cuerpo cientos de neuromas.
¡Todo está tan concienzudamente diseñado para llevarme a la parálisis!
Diseñado para, sobre la superficie cívica, embotar ese amor innato, que permanece oculto en el ser humano tras un velo de aire lentamente solidificado a través de generaciones que nada pueden hacer.
Un amor que inevitablemente es anestesiado al parir enredado en coágulos.
Todas las novelas, películas, revistas, diarios, publicidades, propagandas de cigarrillos, de cerveas, de hamburguesas, drogas, bancos, automóviles, presidentes, empresas de teléfonos, iglesias, internet, desodorante, bebidas, etcétera; todos decían lo mismo: amor.
Pero no eran auténticos.
Hasta que ella pudo develar levemente, durante unos minutos, mi amor paralizado.
Ese amor anestesiado tal vez por los designios de algún mal fisiológico tan normal como el crecimiento de las uñas. O quizá tal amor no es verdad: porque no es más que una de tantas sociomentiras posibles, armada por una compleja estrategia de marketing.
- Bueno, sí, ¿pero qué hiciste entonces?
- La corrí aturdido, me paré frente a ella, y le dije: hola, te amo.
S.P