Cada
encuentro es una fiesta, una pequeña primavera. Mil primaveras.
Un
banquete de besos. Una sumisión de abrazos que exige una futilidad sin
fin. Una dependencia inconfesable demasiado basta para ser dicha con
palabras.
Poseído por el demonio del lenguaje trato de explicar lo
que no puede ser expulsado de ésta herida. El pensamiento me arrastra
como un alud que alimenta ésta llaga y no puedo rechazar. Si le impongo
silencio a mi tormenta pierdo a este demonio. Y a sus plurales. Y el
remedio se convierte en el veneno...
Ella no sabe que tengo el corazón
abrumado. Corazón que es el reflejo de lo que resta de mí, y del
espíritu que le ofrendo...