Una hora más tarde de lo previsto el amor de mi vida tocó mi puerta, me acomodé las alitas, prendí mi varita mágica y bajé volando las escaleras. Al verlo pude escuchar un reggaeton en mi corazón y cómo mi sonrisa iluminaba su cara. Cuando nuestros labios se abrojaron (rompecabezas de dos piezas) hubo chispazos de magia y saltaron los tapones, suele pasar, porque ninguna central eléctrica está preparada para soportar tanto amor. El lugar se llenó de hormigas, tentadas por la dulzura del ambiente. El besómetro claramente marcaba el caudal máximo de love y hacía pipipiiiiiii y sé que cuando pasa eso, se dispara automáticamente una señal a la Nasa, al departamento que busca almas gemelas. Después, te mandan a un agente especial que encierra a las dos almas en jaulitas con rueditas tipo Hamster y alimento balanceado a base de maní con chocolate. Nos miramos como leyéndonos las mentes, algo asustados x las posibles consecuencias de nuestro amor místico pero tuvimos que seguir chapando porque no daba parar, y quedaban 1248 te amos por pronunciar, y 534 caricias. Creo que llovió en algún momento, no sabemos, porque el amor es agotador y nos quedamos dormidos abrazados como siempre como si nuestros cuerpos no existieran, ni el tiempo, ni el espacio, congelados cálidamente en el ahora, y esto es a lo que los budistas llaman ocio de peluche.
